Libro # 1
Serie de Pequeñas Crónicas y Relatos Intranscendentes
TRABAJOS
VARIOS
NOTA: Estos trabajos
fueron recopilados de apuntes en hojas, libretas, memorias USB y algunos discos
duros encontrados. Los incluimos a petición de algunos periodistas y amigos de
Lelis Movilla, especialmente de Sincelejo, que estaban preocupados por ese
material inédito.
ANA DE LUTO
Vino al mundo a las cinco de la mañana de un
domingo, lo cual permitió que junto a su madre y la partera también se
encontrara su padre, que apenas descansaba ese día, mientras el resto del tiempo
lo pasaba en el monte atendiendo los cultivos desde las cuatro de la madrugada
hasta las cinco o seis de la tarde. Pero el cansancio de todo un día de labores
bajo los candentes rayos del sol, no eran óbice para que reposara y retozara
con su mujer casi hasta la medianoche. Por eso, en los siete años de
convivencia habían engendrado seis hijos, cuatro hombrecitos y dos mujercitas.
Hasta el día en que cumplió diez años, Ana
había sido una niña feliz, dedicada la mayor parte del tiempo, luego de ayudar
a su madre en diversos quehaceres propios de la casa y para su edad, a los
juegos infantiles con su hermana, Teresa, y sus cuatro hermanos, que se
separaban a los doce años, para enrolarse con su padre y los trabajadores de
ocasión en la atención de los cultivos. Generalmente iniciaban la vida laboral
espantando pájaros desde una troja en medio de los cultivos, especialmente de
arroz.
Más tarde iniciaban otra fase, como la de
aprender a amolar los machetes que se requerían para el macaneo, así como de
armas contra las fieras y las culebras, que abundaban en la zona. Por esa causa
disminuía, cada cierto tiempo, no más de ocho meses, el número de jugadores.
Pero le llegó el turno a Teresa, primero, y
poco tiempo después a ella, de formar parte de los que trabajaban desde la
madrugada hasta poco antes de acostarse. Siempre había en la casa alguna
actividad que le impedía, como era su deseo, acostarse en una hamaca, a meditar
y soñar despierta en una vida diferente. No sabía de qué otra manera podía
vivirse, pero estaba segura de que algunos, en alguna otra parte debían vivir
sin tanto trajín, sin abrumarse ni ser abrumados con tanto trabajo. En medio de
las labores domésticas, su cerebro parecía un trapiche moliendo pensamientos
como si fueran trozos de caña.
Pero el día en que se aprestaba a disfrutar
de su cumpleaños, la desgracia se abatió sin misericordia alguna, sobre la
familia. Una culebra mapaná rabo seco mordió en el calcañal a su hermano José
María y cuando apenas habían logrado recostarlo en un camastro, murió. El
veneno se regó con prontitud por su cuerpo y lo mató en menos de una hora, sin
que el comisionado hubiera cumplido la mitad del recorrido desde el cultivo a
la aldea más cercana en donde vivía un curandero muy afamado. Contaba después
que antes de explicarle el suceso, el hombre, un anciano, le dijo que se
volviera como había venido, solo, porque el “picado ya murió”.
Antes que lucir un vestido nuevo que su
progenitora le había confeccionado para el onomástico, estampado con flores
blancas y amarillas sobre un fondo azul, el estreno correspondió a una olla
grande en la que junto con el agua mezclaron dos o tres paqueticos de un polvo
negro. La belleza de su atuendo se convirtió en un horrendo trapo oscuro que la
convertía en una vieja amargada.
Las risas, los gritos, las expresiones
burlescas, humorísticas o que representaran un motivo de alegría, fueron
recogidas y metidas en la parte de abajo del baúl al que cerraron con un grueso
candado. Terminantemente prohibidas todas las cosas que no fueran llantos,
gemidos o suspiros por el que, siendo un mozalbete que despuntaba a la
pubertad, había caído víctima de una travesura del diablo. Levantarse, trabajar
en silencio y hablar en voz baja, y luego a la cama a dormir. No sabía si su
padre, que lo hacía con mucho entusiasmo, había dejado de roncar para no
perturbar el silencio nocturno durante el cual su mujer descansaba en medio de
convulsiones por el llanto contenido para que no trascendiera del reducido
cuarto que servía de alcoba matrimonial.
Dos años más tarde, la tragedia volvió a
campear en la parcela. Esta vez, el menor de sus hermanos se dedicaba a domar
un potro brioso que era el orgullo, dentro de las restrictivas disposiciones
paternas, de los tres hermanos varones. En un descuido, el potro lo sacó en
forma de bolea por encima de la crin y como no había esperado el movimiento,
cayó de cabeza sobre el duro suelo del corral en donde la muerte lo recibió de
inmediato.
LAS PURGAS DEL DOCTOR P.
Los monterianos mayores de cincuenta años, pueden dar fe de que un
conocido músico de la entonces Perla del Sinú agregaba a sus precarios recursos
los ingresos por ejercer la medicina en sus aspectos primarios. A él se
recurría cuando persistía un dolor de cabeza, cuando se perdía la lozanía de la
piel, se presentaban dolores crónicos y otros quebrantos de poca trascendencia.
Por esas razones todos lo llamaban el Doctor P.
El mejor recurso del músico y doctor consistía en disponer una purga. La
mentalidad de la época, no tan lejana de la realidad, atribuía a los gusanos en
el estómago y los intestinos, el origen de muchos malestares. Lo cierto es que,
acertado o no, después de una purga y la expulsión de gusanos, lombrices,
tenias o solitarias, y otros bichos, prácticamente se recuperaba el ánimo, el
color, la vitalidad y se abrían las entendederas de los que sufrían de un alto
grado de cretinismo, calificado entre nosotros como "idiotez".
Las fábulas de los monterianos en torno a su peculiar médico son muchas.
Por ejemplo, las recetas han sido guardadas y en algunos casos tergiversadas,
como para realzar la sorna en charlas intrascendentes. Una, supuestamente
destinada a la recuperación de la virilidad en hombres de edad avanzada,
consistía en adquirir, mejor aún en la propia fábrica en San Sebastián, bajo
Sinú, o en La Doctrina ,
en la misma zona, un mollo de barro cocido, culo azul. Ponerlo al fogón y
cocinar en él cortezas de guásimo, una panela entera de las que hacen en
Ciénaga de Oro, junto con una onza de pimienta picante en polvo. Una vez cocida
esta mezcla, dejarla enfriar y envasarla en un frasco de vidrio grueso y
dejarla a sol y sereno durante veinte días. Luego ponerla al sereno solamente y
por la mañana, antes de ingerir cualquier bebida, tomar una copita del líquido
durante diez días consecutivos. Aseguran las malas lenguas que el conductor de
un campero de servicio público, recién acabada la moda de los coches tirados
por caballos, elaboró la pócima y luego de una agitada jornada de tres días de
sexo sin descanso, sufrió un paro cardíaco que se lo llevó para la otra
dimensión, la dimensión del olvido eterno. El único problema fue que debió
recurrirse a cercenar el miembro viril para colocarlo a un lado del cuerpo sin
vida dentro del ataúd, porque el efecto de la medicina continuaba surtiendo
efectos en el cadáver. El taxista no se tomó una copita como le dosificó el
médico, sino una taza chocolatera.
Nos cuenta Roberto Cárdenas, más conocido como “El Mono” y una de las
destacadas figuras del béisbol monteriano de la vieja época, que el médico que
nos ocupa poseía varios mejunjes para purgar a sus pacientes (¿o víctimas?). La
más efectiva la llamaba el doctor “La Perra Brava ”, compuesta de flor de ceniza, último
real, limón y otras yerbas. Cómo sería de fuerte, dice el mono Cárdenas, que el
doctor P le decía a los padres del niño a purgar: “Déle a las seis de la
mañana, en ayunas y estando a dieta desde el mediodía antes, este purgante. Si
a las diez de la mañana está vivo, es mío. ¡Está curado!”.
Refieren que una madre fue al Doctor P., por que una hija mostraba una
extraña palidez, permanecía embobada y carente de voluntad.
– Doctor P., esta hija mía tiene diecisiete años y desde los quince no
ha sido otra cosa que una idiota, come poco, dejó de asistir a la escuela y no
sabe ni la o por lo redonda. Creía que hubieran abusado de ella en un descuido mío,
pero la examiné y es señorita. El "costumbre" se le presenta
normalmente, pero últimamente noto que es poco abundante. Yo creo que está
anémica porque la piel la tiene como de iguana, medio amarilla y medio verde.
Me preocupa y por eso se la traje. ¿Qué me recomienda, doctor?
El Doctor examina con mirada, movimientos y toques en varias zonas del
cuerpo a la muchacha y dictamina que la están matando los gusanos y, por tanto,
debe suministrarle una purga de leche de higuerón, no sin antes someterla a una
dieta de sólo agua desde la tarde anterior al día escogido para la purga.
– Diez días después de la purga me la trae para ver los efectos y si es
necesaria otra purga, dispone mientras recibe la paga por sus servicios.
Llegada la fecha, la mujer vuelve a la casa del doctor con la muchacha,
que mantiene la misma idiotez y la misma piel cetrina. Al finalizar el examen,
el doctor dice:
– Señora, su niña tiene una tenia enquistada y hay que buscar la manera
de expulsarla, porque está muy desarrollada. Si me autoriza, le receto un
purgante mucho más fuerte.
– Doctor, esta niña parece destinada a morir joven. Si es necesario otro
purgante para alentarla, ordénelo que yo corro con la responsabilidad.
– Entonces, venga pasado mañana, jueves, por un purgante que le voy a
preparar. Es fuerte, porque se unen en una misma poción el quenopodio, el
aceite de ricino, el Laxol, la leche de higuerón, la leche de papaya, y otros
productos naturales.
En la fecha indicada se presenta la madre de la niña afectada y recibe
tanto la dosis como los detalles correspondientes, además de la fecha en que
debe regresar para un informe sobre resultados.
Se cumple la fecha, pero la madre no se presenta y el doctor debido a
sus ocupaciones se olvida del asunto. Pasan los días, los meses, y cuando falta
poco para cumplirse el año, el doctor se tropieza en la calle con la madre de
la muchacha y recuerda que no volvió al consultorio, y le pregunta:
– Ajá señora, ¿le hizo efecto el purgante a la niña?
– ¿Que si le hizo efecto? Imagínese doctor que fueron dos cagadas
solamente. Una antes de morir y otras cuatro horas después de muerta.
ERROR FATAL
Don Manuel C., fue un campesino que forjó bienes de fortuna gracias a la
tesonera labor de más de medio siglo. Desde muy niño le correspondió primero el
hogar paterno y más tarde en su propio hogar, dedicarse a labores del campo desde las cuatro de la
madrugada hasta las siete de la noche, unas veces desmontando la selva, otras
macaneando los rastrojos, marcando el ganado, arreándolo de potreros secos en
el verano a las zonas con agua, sembrando, ordeñando, y, en fin, trabajando sin
descanso para dejarle a los hijos cualquier cosa que les evitara ser peones y
esclavizados en los latifundios que lo rodeaban en el área donde adquirió los
terrenos de su finca. "Finquita", la denominaba, pese a que pasaba de
las quinientas hectáreas cultivadas.
En medio de la rusticidad del campesino sinuano, porque en el monte no
hay comodidades ni "mariconerías", el rancho de la finca destinado al
patrón no tenía más que lo que pudiera tener en su propia residencia cualquiera
de los peones que le servían. En el Sinú, hasta que el burro fue reemplazado
por los jeeps, el rico no tenía diferencia alguna con el pobre y los patronos
daban el ejemplo de consagración al trabajo para poderle exigir a la peonada.
Ricos y pobres, blancos y negros, se confundían en un solo haz de voluntades
levantando la riqueza regional, que años más adelante pasó a manos extrañas de
los que por el color de la piel, las uñas y los labios y cachetes coloreados,
abrieron cierta zona de los pantalones y, a través de las mujeres, nos
volvieron a "descubrir y conquistar".
Dentro de esa sencillez don Manuel C., colocó cuatro horquetas, tendió
los bastidores y encima una baqueta grande bien aferrada con puntillas, sobre
la cual tendía el cuerpo cansado y el no menos agotado de su mujer, para
conciliar el sueño y recuperar energías. El sexo, ni siquiera en las épocas de
vigor juvenil, pasaba de una o dos sesiones semanales, las que con el paso de
los años llegaron a una semanal, luego quincenal y más tarde mensual, hasta las
esporádicas erecciones que los dos celebraban como un regalo del cielo. Y se
habla así, porque para la época no se dudaba de las noches de amor, debido a
que los dos pugilistas nocturnos se levantaban a las seis de la mañana con
golillas en el cuello, tapándose la nariz para no aspirar el aire demasiado
fresco, y evitaban, en lo posible, cualquier actividad que requiriera esfuerzos
físicos y el baño del cuerpo.
La cama, entonces, de don Manuel C., además de servir para dormir y para
el amor, se usaba en cada horqueta para guindar frascos con productos
veterinarios para curar al ganado, medicinas que por cualquier circunstancia
debían ingerir, las totumas en que guardaba el dinero, y otros menesteres más
humanos pero que hoy son increíbles para el hombre moderno.
Una tos que se presentaba cada cierto tiempo interrumpía el descanso. Un
curioso, como se calificaba a los que ejercían la medicina, le dosificó la toma
de tres tragos diarios de jarabe de totumo o cuando mejoraba y repentinamente
lo afectaba, un trago inmediato para cortar la tos. No hay que romperse la
cabeza pensando dónde pondría don Manuel el frasco que contenía el jarabe de
totumo, que guindarlo de una de las horquetas de la cama, de manera que
estuviera al alcance de la mano si el acceso de tos se le presentaba en la
noche. Un día cualquiera lo colocó en la misma horqueta en donde horas antes
colgó un frasco de mata gusano, una creolina pura que se untaba en la gusanera
de los animales, y a los quince minutos, si no era de inmediato, salían a las
voladas los bichos que perecían al contacto con el aire.
Don Manuel C., a pesar de la rigidez de su carácter, gozaba de la fama
de poseer un sentido del humor rayano en la ironía. Sus respuestas se recibían
dándole la vuelta para establecer si hablaba con seriedad o estaba mamando
gallo, y la víctima de sus giros verbales no podía ser otra, en alto grado, que
su propia mujer. Ella, desde el momento mismo en que iniciaron relaciones
amorosas, debió habituarse a las burlas irónicas de su marido.
La noche en que el acceso de tos hizo presencia en el cuarto, don Manuel
C., extendió el brazo hacia la horqueta en que colgaba el frasco de jarabe de
totumo, pero olvidando que en la tarde había puesto allí el de mata gusano que
usaría en la cura de animales al levantarse al día siguiente. Le quitó el tapón
de corcho, lo llevó a los labios y bebió un largo trago. Mirando a su mujer, en
medio del claroscuro de la alcoba, le dijo:
– Mija, tómate tú también un trago de jarabe de totumo.
– Pero si yo no tengo gripa, ¿para qué voy a tomar jarabe?
– Bébete un trago, que te servirá. ¡Por favor, tómatelo!
Continuaron con la oferta y la negativa con frases similares por unos
cinco minutos, hasta que la mujer, que evitaba decirle que no a sus órdenes,
aceptó ingerir el trago de jarabe de totumo. Aferró la botella y dirigiéndosela
a la boca, sintió en la nariz el fuerte olor a creolina.
– ¡Fo! ¡Mijo, pero si esto es
mata gusano!
– Sí, es mata gusano y yo creía que me había tomado un trago de jarabe
de totumo.
Dijo la viuda, meses después de la muerte de don Manuel C., que
solamente hizo una deposición al terminar la explicación del error cometido, y
los que vieron los excrementos afirmaron sobre la presencia de pedazos de hígado,
riñones, intestinos, bazo y otros órganos internos.
LAS BURLAS DE LA ABUELA REINA
Las vacaciones escolares y la Semana Santa eran esperadas por quien escribe y
sus hermanos como un regalo del cielo. La primera y única propuesta de un
programa por realizar en el tiempo en que estaríamos exentos de tareas
escolares y oficios en la casa era unánime: Viajar a Severá a la parcela de la
abuela Eduviges Reina Bello, para pasar los momentos que ahora consideramos los
más gratos que registran en su memoria todos los de la familia como recuerdos
de la ya lejana niñez.
La abuela Reina fue una mujer morena, de estatura elevada, cuerpo
voluminoso, que regañaba con cariño. Jamás, ninguno de sus nietos, se ha
quejado de los rapapolvos que recibiera de la vieja como consecuencia de
pilatunas, tal vez porque ella nos las jugaba a todos. Su primera pregunta,
cuando nos recibía con un ligero abrazo, porque no fue mujer de mimos, estaba
destinada a establecer cómo había quedado nuestra abuela paterna, Felicia Cuadrado.
– ¿Cómo está la abuela
tigre? ¿Cómo quedaron su papá y su mamá?
– Todos están bien, abuela, era la respuesta, porque sabíamos a quién se
refería cuando hablaba de "Abuela Tigre". Fueron mujeres
diametralmente diferentes, pero no tenemos en nuestra memoria ni en las de los
otros miembros de la familia, que alguna vez se hubiera presentado diferencia
entre ambas, aun cuando también es cierto que se mantuvieron a prudente
distancia como para evitarlas. Tal vez tres cosas las semejaron ante nuestro
criterio: la condición de abuelas y el color de la piel, porque ambas fueron
morenas, casi negras, y por la facilidad de liarse a trompadas con hombres o
con mujeres, ya que jamás rehuyeron un reto. Lo demás las distanciaba en gran
medida, hasta la filiación política, en la que cada una, la abuela Reina en el
extremismo conservador y la abuela Felicia en el extremismo liberal, daban
muestras de una intolerancia insoportable, sin que hubiera manera alguna de
obtener de la una o de la otra aceptación de algo diferente a sus concepciones
radicales.
Mientras la abuela Reina era alta y voluminosa, la abuela Felicia,
también alta, era sumamente delgada. La Reina mantenía siempre unos ojos vivos y una risa
a flor de labios y Felicia la mirada altanera y la cara dura de quien no quiere
tratos de ninguna especie. La
Reina regañaba en voz baja y Felicia, en su negocio en el
mercado, lo hacía a gritos. Mientras aquella aplicaba un castigo corporal muy
de vez en cuando, ésta no medía ninguna distancia y daba con lo que primero encontraba
cualquiera fuera la falta cometida.
La llegada del momento de partir en la chiva de palo de don Argeo Ibarra
para Cereté y de allí, metiéndose a pie por Vilches llegar a la Boca de Lara, pasar el río,
luego entrar por El Chorro, la caminata no constituía ningún problema, porque
al poner la mano sobre la puerta de la finca La Almagra , comenzaban todas
las dichas y las felicidades: Severá y la parcela de la abuela estaban allí,
ante nuestros ojos. Se iniciaba el proceso de asimilación de madrugar al
potrero de la tía Marciana Bello a ordeñar y al día siguiente al de la tía
Débora Bello con el mismo propósito: montar briosos caballos para ayudar en las
faenas de recoger el ganado todas las tardes, la posibilidad de turnarse para
desayunar en una finca, almorzar en otra y cenar en la de más allá, porque las
casas de cada predio, como buenas hermanas que fueron, estaban una junto a las
otras, separadas por una cerca de alambre de púas. El otro camino, mucho más
largo y agotador, que nos fijaban cuando nuestros padres carecían de recursos y
por tanto se cumplía "a pie y a pata como la garrapata", nos obligaba
a pasar el río por el planchón frente al mercado, tomar entonces por Picapica y
Pringamoza para dirigirnos a Caño Viejo Palotal y otras localidades hasta
llegar a la casa de la abuela.
Si bien es cierto que el primer tramo señalado era mucho más largo, la
mitad del mismo se hacía encima del automotor del viejo Ibarra, que no obstante
ser tan lento como una hicotea ayudaba a paliar el cansancio.
De las numerosas ocasiones en que visitamos a la abuela Reina, por su
significado y la enseñanza implícita evocamos el tremendo susto que se llevó
nuestro hermano mayor, José Alberto, al desobedecer indicaciones de la abuela.
Como las tres hermanas vivían prácticamente juntas y con sus maridos, sus hijos
y sus nietos alrededor, nada pasaba desapercibido de lo que ocurría en el
entorno. Nuestro hermano cometió la falta y se olvidó de ella, pero la abuela y
las tías no. De allí el motivo para que se dispusiera que esa noche dormiría en
la casa de la tía "Chana", como llamaban todos a Marciana. Llegada la
hora de irse a la cama, se le recordó al infractor su falta, diciéndole que se
encomendara a Dios, su sueño, para que no llegara el diablo con su mano
"pelúa" y se lo llevara, pero él no le puso atención a la prevención.
Serían las diez de la noche y cuando todos dormían profundamente, por lo
menos los muchachos, un grito con todo el poder de la garganta y los pulmones
rompió el silencio nocturno, proveniente de la alcoba en la que estaba acostado
José Alberto. Nadie quedó en la suya y salimos corriendo, los muchachos con el
miedo reflejado en los ojos y los mayores que no estaban al tanto, alarmados
por lo que hubiera ocurrido, que debía ser grave ante la magnitud del grito.
Encontramos a Albertico, hipocorístico usado familiarmente, tirado frente a la
puerta de la alcoba, desvanecido. Había perdido el conocimiento como
consecuencia del tremendo susto. Luego de sobarle Menticol en la cabeza y la
nariz, el hermano recuperó el conocimiento y narró, aún con el espanto en los
ojos, que se despertó cuando una cosa pesada le cayó en el pecho. Al extender
la mano agarró algo lleno de pelos y al llevarla a los ojos para verificar de
qué se trataba, vio una mano peluda pero no recordaba más. Para Albertico los
paseos a Severá pasaron de una amena temporada, al suplicio de cumplir la orden
paternal, temeroso de que le volviera a caer encima la mano peluda del diablo.
Muchos años más tarde logramos enterarnos de que la tía Chana guardaba
la garra de un oso que en tiempos inmemoriales fue cazado por un antepasado de
la familia y que más de un hijo, sobrino o nieto, pagó con el susto una
grosería o una falta de respeto a los mayores, porque no se recurría al castigo
corporal.
Así eran abuela y sus hermanas. Y como para ratificarlo, una historia
bien guardada en la familia materna, divulgada muchos años más adelante que sin
embargo no dejó de causar enojo a quien fue víctima, es la siguiente:
Un hermano de mamá, Jerónimo, fue rebelde desde muy joven. Para
ratificarlo es suficiente indicar que en el seno de una familia tan conservadora
–godo calificaban entonces a los que exudaban azul de metileno– él se declaró
liberal de racamandaca y lo seguirá siendo hasta el fin de sus días.
En plena juventud, se enamoró de una niña que vivía en el poblado. La
parcela de mi abuela estaba a la orilla del caño, pero a una distancia de medio
kilómetro y el joven galán salía todas las tardes, a eso de las seis, a visitar
al objeto amado y regresaba entre las diez y once de la noche, que en una zona
rural carente de luz eléctrica es considerado muy tarde y expuesto a mordeduras
de culebras y otros peligros.
Pues el tío no atendió ninguna sugerencia para que acortara el tiempo de
visita, como no la atendieron los que se enamoraron antes y después de él ni
atienden los que aún hoy continúan el cameleo normal entre el hombre y la mujer
para perpetuar la especie. Ante la indiferencia demostrada y la rebeldía que le
era innata, Jerónimo quedó expuesto a una demostración ejemplarizante, como
para que no desatendiera ni echara en saco roto las recomendaciones,
sugerencias y consejos familiares. Para ello, contaron con el concurso de un
pariente que se vistió de negro, se arropó con un abrigo negro y de añadidura,
un paraguas también negro, que se apostó detrás de un árbol en el camino que
necesariamente tomaba quien se dirigía o regresaba del poblado hacia la zona de
La Almagra y
lo esperó.
Y este caso nos previene sobre la veracidad de muchas de las narraciones
de espantos que se cuentan en el mundo.
Como a las diez y treinta de la noche, en medio de una oscuridad que por
su negrura prevenía al más osado, venía Jerónimo silbando una alegre canción
popular de la época tal vez para soportar la soledad y las tinieblas.
Súbitamente surge ante él un ser que en el momento no puede determinar, que con
voz cavernosa como de ultratumba y alargando las palabras, le dice:
– ¡Hijoo míio! El encargado de la
jugarreta piensa que el muchacho saldrá corriendo, espantado, pero es él quien
se sorprende cuando Jerónimo, con los brazos extendidos corre hacia él, lo
estrecha en fuerte abrazo y antes de caer desvanecido, privado del
conocimiento, le responde con un grito:
– ¡Padre mío!
SALIVA MORTAL
Desde muy niños nos llamó la atención la actuación de algunas personas,
que se excedían en las cosas. Recordamos, por ejemplo, a La China Garcés , que
para beber agua desbordaba todos los límites. Jamás, y se negaba rotundamente a
ello, bebió agua en un vaso. Mantenía cerca un recipiente de totumo de regular
tamaño, que calculamos podía contener unos diez vasos de agua, que se llevaba a
la boca y se la quitaba para pedir otra totumada. Un tío de nuestro padre, el
Lalo Movilla, cuando venía a Montería desde las montañas del Urabá, lo hacía en
épocas de subienda y para no sufrir con los recuerdos, lejos del río, comía
durante cinco, ocho, diez días, bocachico frito o en viuda. Pero no un solo pez
en cada comida, sino un mínimo de seis bocachicos bien grandes y gordos. En la
región de Sabana es famoso un "dirigente" político que Heliogábalo
bien podría quedar en pañales con sus banquetes frente a los que éste prepara
para su propio gusto y satisfacción. Son seis patos a la naranja, o seis pollos
asados con dos libras de arroz con pollo, más el acompañamiento de yuca y
plátano en tajadas fritas, lo que engulle en una sentada a la mesa. No se nos
vaya a tildar de exagerados, pero fuimos testigos de varias de sus invitaciones
a una "comidita" para hablar de temas generales.
El caso que vamos a tratar, entonces, no tiene nada de exagerado. Y si
lo traemos aquí es para resaltar cómo en ocasiones los animales pagan lo que
deben los humanos. Se trata de un hombre del campo al que desagradaba
enormemente que le brindaran café, calientillos, café con leche, chocolate o
caldos y sopas tibios. Para él, todo tenía que estar bien caliente, y si bien
le desagradaban las cosas frías, nada decía. Optaba por dejar a un lado el
recipiente mientras continuaba la conversación, para no volver a aceptar una
invitación similar en el futuro. Era su protesta, callada, pero protesta al
fin, por no ofrecerle las bebidas en un buen grado de calor.
Un compadre suyo se habituó al asunto y apenas lo divisaba en la
distancia disponía que se hiciera el café o cualquier otra bebida, pero que eso
sí, la de su compadre fuera en el máximo grado de calor. Todo marchó
normalmente por varios años hasta que el gusanillo de la curiosidad comenzó a
horadarle el pensamiento y a preguntarse las razones para que su compadre actuara
de esa manera. Y entre una cosa y otra impartió las ordenes para que cada día
el café fuera más y más caliente y no lo acompañaba a beberse la taza del negro
líquido, sino que se dedicaba a espiarlo para encontrar si hacía algún gesto,
pero nada. Todo continuaba normalmente.
Un día, cansado ya del asunto, se dispuso a preguntarle al compadre su
raro comportamiento y cómo el alto grado de calor no le hacía daño ni en la
boca, ni en la garganta ni en el esófago, sino que penetraba como cualquier
agua al clima al cuerpo de los demás mortales. Para ello le comentó a la mujer
su inquietud y decidió que para el día siguiente le prepararan una buena
totumada de chocolate, teniendo en cuenta que el chocolate es la bebida que
durante mayor tiempo guarda el calor. Así se hizo.
Serían las seis de la mañana cuando vio venir al compadre bajando la
montaña y como entre el momento de verlo y el de la llegada se pasaba un tiempo
de más o menos media hora, instruyó a la mujer para que comenzara a meterle
candela al fogón donde estaba el recipiente, un mollo culo azul de barro, para
que cuando arribara el compadre estuviera en punto de caramelo. Al verlo dar la
vuelta en un recodo del camino muy cercano ya a la casa, corrió a la hornilla,
quitó la tapa y observó cómo el líquido burbujeaba al mismo tiempo que una
vaharada de vapor cercana al rojo vivo casi le quema los pelos del bigote. Las
últimas instrucciones se las dio a la mujer cuando el compadre se bajaba del
burro frente a la puerta de la casa.
– Buenos días compadre, saludó el viajero.
– Buenos días, compa. Hoy viene un poco retardado, porque ya es hora de
desayuno. ¿Se toma una tacita de chocolate?
– Si es de su gusto, bienvenida compadre. En verdad que hoy salí
retardado porque anoche mi mujer me dio una lata con un dolor de muela y
mientras le preparé un ungüento se me hizo la madrugada y me cogió el sueño.
La mujer se acerca y después del saludo le presenta una totumada de
chocolate que porta con dificultad por lo caliente que está. El hombre toma el
recipiente entre sus manos y se lo lleva a la boca, tragándose el contenido de
una sola vez, sin parpadear siquiera.
– Compadre, dígame usted cómo puede tomar los líquidos prácticamente
hirviendo, de una sola vez, sin quemarse la boca ni la garganta.
– Es que estoy acostumbrado compadre. Usted sabe que a mi ningún líquido
me gusta frío.
En ese preciso momento el hombre se rasca el pecho, hace en la boca una bolea
de saliva, residuos de chocolate, nicotina y otros, escupe y la bola de gargajo
cae sobre un marrano que se cruza en el camino. El animal pega un chillido de
dolor, sale corriendo y después de dos traspiés, cae desvanecido.
LAS PILDORAS DE NICA DIAZ
Nicanor Díaz Vergara, más conocido como Nica Díaz, hace parte de la
historia de la ciudad de Sincelejo, donde nació y murió en medio del
reconocimiento ciudadano y el odio de algunos pocos que nunca lo entendieron,
porque como asegura el adagio, la verdad en la cara duele, y Nica, en su
condición de locutor y periodista, optó por decirle la verdad en un programa
mañanero en la emisora Ecos de la Sierra Flor , a todos los funcionarios que
cometían faltas.
Como se empecinó en no tramitar la licencia de su programa periodístico,
sus enemigos obtenían del ministerio, así, con minúscula, que le cerraran el
programa. Por eso creo que debe tener el récord, sino mundial o nacional, sí
costeño, de nombres para un programa periodístico que los sincelejanos y
sucreños escuchaban. "Aquí estoy", "Otra vez yo", "El
mismo de siempre", entre otros, fueron algunos de los numerosos nombres
del programa. Pero los oyentes no tenían en cuenta el nombre del espacio radial
sino los planteamientos del periodista, los que comentaban posteriormente de
manera jocosa. Su compañero en el aspecto técnico fue casi siempre Segundo
Tercero Sotomayor. Pensamos que, al escribirse la historia del periodismo
sincelejano, Nicanor Díaz Vergara brillará con luz propia.
Pero antes de fundarse la emisora Ecos de la Sierra Flor , Nica no
ejercía ni la locución ni el periodismo. Fue en ella donde nació este personaje
costeño, que con anterioridad se desempeñó en diversas actividades lícitas, una
de ellas la que es objeto de esta anécdota, que nos la refirió un día
cualquiera en medio de la mayor seriedad.
Sin fuentes de trabajo, porque la rica región de la sabana se olvidó de
la industrialización y su clase dirigente se sumergió en un mar de cachos y
boñigas que le impidió visualizar horizontes distintos, algún amigo le
recomendó que tratara de subsistir vendiendo remedios en las zonas rurales, y
ni corto ni perezoso se dirigió a una farmacia, obtuvo drogas en consignación, un maletín, y a pie y
a pata como la garrapata, se encaminó a las veredas de los municipios de
Sincelejo, Sampués, Corozal, Toluviejo y otros cercanos, en donde mediante el
canje por patos, gallinas, gallos, terneros, marranos y otros animales y
artículos, repartió las medicinas, animales y artículos que vendió entonces en
el mercado de la hoy capital de Sucre, porque para esas épocas escaseaba el dinero en efectivo
en los campos.
Nica hizo varias correrías por zonas rurales, hasta que se cansó de
andar de uno a otro lado con el pesado maletín lleno de frascos, a lo que se
agregaba que por razones de clima los campesinos costeños gozan de buena salud
y las afecciones son pocas, y por lo tanto el área de acción se reducía cada
vez más. La frustración vino pronto. Nica se dispuso entonces a realizar una
última correría y entre las medicinas se quedó sin vender un frasco que
contenía dos mil píldoras Hermosina, utilizadas para problemas íntimos de las
mujeres.
Cuando completó la correría, Nicanor notó que para coronar exitosamente
su gira debía desprenderse del frasco, pero no encontraba ni demanda ni
mercado. Por eso, tal vez, al llegar a una vereda cercana a Toluviejo, fue todo
oído ante las indagaciones de una señora que mantenía una fonda, sobre qué
darle a un campesino del sector que se encontraba enfermo.
--Vea doctor, es un hombre trabajador, pero de los que se dice
trabajador. Cuando cualquier otro machetero quiere terminar una tarea, ya él
está adelantando la tercera. Capando novillos no tiene par, porque es un hombre
de una fuerza tremenda que coge un animal en el corral por el rabo, y en un dos
por tres, lo tiene tirado en el piso y bien maniatado para marcarlo o caparlo.
Pero el pobre hombre, que es soltero y vive solo en el rancho aquél que se ve
allá en la loma aquella, tiene varios días de fuerte fiebre, dolor de cabeza,
mareos y otras vainas que no lo dejan trabajar. Me duele mucho ese hombre y por
eso le pido que, si tiene algo que pueda servirle, se lo lleve. ¡Mire doctor,
si él no tiene con qué pagarle, yo le pago acá, pero déjele las medicinas que
necesite para que recupere la salud cuanto antes!
--¡Por qué no me dijo usted eso, cuando pasé a principios de la semana
por aquí! Le hubiera dado unas gotas que son como la mano de Dios. Pero
tranquila, yo subo ahora que baje el sol después del almuerzo y de la siesta,
para examinarlo y saber qué puedo recetarle.
Así pasó. A eso de las cuatro o cinco de la tarde, amainada la canícula sobre
la sabana y los aires toludeños y del Morrosquillo abatiéndose sobre la Sierra Flor y
refrescando el ambiente, subió el "doctor" Nica hasta la casa del
campesino enfermo. En verdad que se trataba de un coloso, comparándolo
anatómicamente con el sabanero común y corriente. Sus dimensiones corporales
debían ser producto de la ascendencia africana, porque se trataba de un hombre
de los que con cierto eufemismo la sociedad actual llama "de color".
Nica, sin ser médico, dedujo que lo afectaba un paludismo y de allí las fiebres
vespertinas, los mareos y los vómitos que, sin embargo, lo dejaban descansar en
la mañana. Por necedad, le hizo un examen en los ojos, la nariz, la garganta,
le dio unos golpecitos en el pecho anteponiendo la mano, como lo había visto
hacer en urgencias en el hospital San Francisco de Asís de Sincelejo, y
mientras que disimuladamente le quitaba la etiqueta al frasco, le dijo:
– Usted está bastante mal, porque sufre una fiebre maligna que en el
campo de la medicina se califica como Fiebre de Tombuctú. El pectoral le suena
como tambor macho destemplado, la respiración es de fuelle roto que le
obstaculiza el funcionamiento de los tendones, como de la laringe, y si se
descuida habría que hacerle una laringotomía en el hospital naval de Cartagena,
y eso vale un jurgo de plata que no alcanzarían las riquezas de Pedro Juan
Tulena, Arturo Cumplido y Juan Perna Mazzeo, juntas, para pagarle al galeno; y
no sé si usted es amigo de los Patrón de Tolú, porque el único que podría
encontrarle un cupo en ese hospital es Ricardo Patrón. Además, amigo mío, por
estar acostado se ha expuesto a una diverticulitis aguda que le afecta la tripa
del molcón, los esfínteres de la tráquea y otras dolencias, todas ellas caras.
Vamos a recetarle estas píldoras inventadas por un médico alemán, y por eso,
son demasiado costosas. Las traje, quizás para suerte suya, porque por aquí ¿a
quién le vendo estas píldoras que combaten la fiebre amarilla, que son más
efectivas que la quina, la ipecacuana, el curare y otros raros y costosos
medicamentos de los mejores laboratorios de la Europa y los yunáitestéin?
– No se preocupe médico, que yo tengo ahorrado unos pesos, pero mi salud
es primero. Dígame cual es el valor que yo se lo cancelo enseguida, dice en
medio de la fiebre el negro fornido.
– ¡Eso depende, amigo mío! Si te quieres apenas aliviar, te formulo una
diaria por tres días. Si quieres estar bien un mes, dos meses, te dejo dos
diarias por veinte días. Pero si lo que quieres es curarte para siempre y
combatir con efectividad la fiebre de Tombuctú, entonces tienes que comprar el
frasco entero y tomarte tres diarias hasta que se acabe el frasco, que para ese
momento yo estaré de nuevo por esta tierra para ver cómo te ha ido.
Realizan la transacción. En medio de las dificultades corporales, pero
diligentemente ayudado por Nica Díaz, el campesino busca de un tarro a otro, de
un baúl al ropero los billetes, hasta completar el valor del frasco, que de
acuerdo con la perorata del "médico" costaba lo que toda la mercancía
que había sacado de Sincelejo y por lo menos doscientas veces más el valor real
del mismo. Loco de contento, como dice la canción portorriqueña que iba el
jibarito, regresó Nica a su sitio de origen ese mismo día. Ya en Sincelejo se
distrajo en otros menesteres y se olvidó de la fiebre de Tombuctú y del enfermo
contagiado con semejante mal.
Encontrándose en la locución y el periodismo, la actividad política toca
a su puerta y militando con la Alianza Nacional Popular, Anapo, se dedica al
proselitismo. Borrada de su mente la etapa de vendedor de drogas, Nica regresa
al caserío donde vendió el último frasco de drogas, y por casualidad o por
exigencia llega a la misma fonda y la señora que le dio la primera información
lo reconoce y le dice:
– ¡Ay doctor! ¡Qué mal le hizo usted a Francisco y a esta región! ¡Usted
no debió hacer eso doctor!
– Señora, no le entiendo nada de lo que me está diciendo. ¿Cuál fue ese
mal y quién es Francisco?
– ¡Doctor, no se haga el vende miel! Usted es el mismo que hace como
diez años vino por aquí varias veces vendiendo drogas y atendió a Francisco
cuando tenía una fiebre rara que no lo dejaba trabajar. ¿Sí o no?
– ¡Ah! El enfermo de la loma. Sí, yo lo atendí, pero yo no le hice
ningún mal y si está vivo fue porque yo lo curé.
– Es cierto doctor que lo curó. Pero quién sabe qué le dio usted que ese
pobre hombre, tan macho como era, tan trabajador, tan bueno con el machete,
cuando sanó, se equivocó de camino. Usted es el culpable, doctor, porque quién
sabe qué le dio a tomar que lo cambió totalmente.
– Yo le mandé la medicina indicada, y si está vivo, no tengo ninguna
culpa de lo demás. Ahora, ¿qué fue lo que cambió?
–
¡Ay
doctor! Recuerde que le dije que ese era todo un hombre, bueno con el machete,
con la sierra, con la soga. En fin, bueno para todo. Las mujeres lo
perseguíamos, porque en la cama era todo un bravo y potente animal. ¡Ojalá lo
viera! No salió más de la casa a trabajar en los macaneos, ni en las siembras,
ni en las cosechas, nada. Ahora, y después que terminó las dos mil pastillas que
usted le mandó, dejó de caminar como un hombre, se pone delantal y se dedica a
fabricar dulces, confites, tortas, a tejer, bordar y coser. ¿Le parece poco el
cambio?
Doña Marcelina, la célebre partera monteriana, atendía a la mujer de un
conocido ganadero del pueblo, que en estos menesteres era
"primeriza", es decir, era su primer parto. Para agudizar las
dificultades, porque la primeriza parece sentir mayores dolores que las que han
pasado por el trance de dar vida en más de dos ocasiones, la partera comprobó
que la criatura por nacer estaba de nalga, o lo que es lo mismo que, en vez de
estar colocada de cabeza para aflorar con menos problemas por el conducto
vaginal, venía a lo contrario. Para esos tiempos en que la labor de los
obstetras o parteros y de los ginecólogos no se conocía o era muy restringida
en estas tierras, una partera o comadrona no pensaba jamás en una cesárea, aun
cuando no pocas de ellas recurrieron a una navaja de afeitar para abrir
vientres y extraer criaturas en momentos cruciales, frente a la disyuntiva de
si se dejaba perder dos vidas o una sola.
El que posee bienes de fortuna tiene la ventaja de adquirir los
elementos que considera aptos para rodearse de comodidades o para agilizar
algunos procesos, y el de nuestro cuento se enteró que en las farmacias se
vendía una droga que dilataba la vagina y facilitaba el parto, y al saber que
su primer hijo no había podido ser acomodado en el útero para que saliera de la
manera común, con la debida anticipación adquirió la droga que venía en forma
de inyección. En esas épocas lo común era que, en cada hogar pobre, acomodado o
rico, se encontrara una bolsa para agua caliente, una para hielo, un tanque de
porcelana con su cánula para los lavados intestinales, una jeringa metálica con
su juego de agujas, un pato, y otros artefactos para atender asuntos de
enfermedades, por lo que el ganadero mantenía en un mismo lugar la jeringa para
el ganado y la de uso humano. Sin prevención alguna, la inyección para afrontar
las dificultades del parto se puso en el mismo lugar y días antes se había
situado allí una inyección de uso veterinario para enfrentar un caso parecido
en una de las yeguas del hato familiar, a la que le faltaban dos semanas para
parir.
Doña Marcelina, en medio de los gritos de la parturienta, sudorosa por
el largo y extenuante trajín de acomodar la criatura que se obstinaba en
presentar al mundo su parte trasera, convencida quizás de que para lo que hay
que ver en este mundo es mejor llegar de culo, aceptó que se aplicara la
inyección para dilatar la vagina hasta el máximo
.
En el corre y corre, una de las mujeres que ayudaba en la atención del
parto preguntó dónde estaba la inyección y dirigiéndose al lugar, metió la
mano, tomó la ampolla veterinaria, le partió el pico y absorbió con la jeringa
el líquido, desinfectó la nalga derecha de la mujer y dirigió la púa
empujándola sin contemplaciones.
Doña Marcelina no quiso referirse, como jamás lo hizo en relación con su
trabajo de comadrona que trajo al mundo cientos de monterianos, porque se trató
de una mujer de mucha respetabilidad, sobre la verdad de los rumores propalados
al respecto. Lo cierto es que la esposa del ganadero permaneció en cama por más
de año y medio y los comentarios aseguraban que fue tanto el efecto de la
inyección veterinaria, que el niño, porque nació varón, salió de nalga en un
solo e interminable pujo desde las profundidades del útero para estrellarse
contra la pared del cuarto, confundiéndose el grito de la madre con el del
recién nacido.
LOS HEROES SON GAYS
La palabra gay, procedente del idioma ingles, no expresa con exactitud
la condición homosexual del ser humano.
Y no lo hace, porque si es verdad que el mundo avanza a grandes zancadas
hacia el modernismo científico y tecnológico, y ello permite que se traten las
cosas sin subterfugios, hay aspectos de los que el humano se avergüenza y si
bien transforma los vocablos, para calificarlos adecuadamente, debe recurrir a
la crudeza de los términos antiguos.
Nuestros antepasados no habrían aceptado en ninguna circunstancia, el
anglicanismo señalado, por el sabroso y muy representativo castellano “marica”,
para señalar al hombre que pierde la línea normal de comportamiento a que está
llamado, ni mucho menos el de “arepera”, como se llamó en la Costa Caribe colombiana a las
lesbianas.
Al ejecutar el análisis del mal ejemplo que los creadores de cómics o
tiras cómicas le insinúan a sus lectores, que somos muchos en el mundo, nos
enfrentamos al dilema de mantener el vocablo nuestro, muy castellano,
considerado siempre crudo e inadecuado en el aspecto del buen uso del idioma y
de las buenas costumbres, o el del anglófono
generalmente utilizado, especialmente en los países de habla hispana,
que como el nuestro, hace esfuerzos por abandonar la lengua que nos legaron los
españoles para que entre a reinar el
idioma del imperio norteamericano. Y
como hay que alinearse con la moda y no dejarse colocar en el cuarto de los
trebejos, optamos por el actual que dizque dice lo mismo: Que un hombre o una
mujer trocaron el papel a cumplir en la breve comedia de la vida. Total,
llámeseles como se les llame, fueron, son y serán jugadores del equipo
contrario.
Los que tienen los cables trocados vivieron escondiendo su condición,
pero el avance de la civilización les permitió en un proceso largo y lento
habituarse primero a serlo sin ruborizarse, después a divulgarlo para superar
los escándalos, luego a ufanarse de ello y hoy, con gran empeño, a buscar que
los demás se suban al tren.
Popularmente se señala que hay que ser muy hombre para practicar el
homosexualismo, cosa que no ocurre con las mujeres. El solo hecho de dejarse
introducir por el ano el miembro viril de otro hombre, es suficiente como para
destacar la “hombría” de quien lo acepta. Muchos son los que afirman que los
grandes guerreros de la antigüedad llegaron a esa condición en la medida en que
las guerras en que participaban se prolongaban en el tiempo y a distancias
considerables de donde habían dejado a las esposas o compañeras. Los llamados
“favoritos” llegaron a detentar el poder en sus países, no por maricas, sino
por recibirlos en pago de sus servicios. Esos favoritos de la antigüedad
provenían de familias importantes, que sabían que, al convertirse los jóvenes
en predilectos del gobernante, y predilecto indicaba que servía para todo y
concretamente en la cama, subían en la escala de valores para la sucesión. La
historia destaca la frase del emperador romano Julio César, quien se ufanaba de
“ser el marido de todas las mujeres y la mujer de todos los maridos”. Una
condición doble, de toma y dame, que se le hizo normal de tanto practicarla.
Antes que él, son famosas las rabietas del rey Saúl, calificadas como
“posesiones diabólicas” por los escritores sagrados, que confundieron por
siglos a los judíos primero y a la cristiandad después, y que no eran más que
el resultado de los celos con su hijo Absalón por la posesión de David, joven
de belleza inigualable que para apaciguarlo llevaba su flauta a los aposentos
reales. David llegó, pese a sus antecedentes, a remplazar a Saúl, dejando a un
lado a Absalón a quien, en verdad, y conforme a las costumbres monárquicas,
correspondía el trono. ¿El profeta Samuel, ante esta realidad, podría tirar la
primera piedra para demostrar que su decisión de apartar al hijo del rey de la
línea sucesoria fue en verdad una “decisión divina” o hubo por debajo de la
mesa algo distinto? ¿Por qué Absalón, teniendo el derecho de sucesión aceptó la
decisión de Samuel? Y David, en Jerusalén, fue primero que Julio César con los
romanos, en lo de ser marido de todas las mujeres y mujer de todos los maridos.
Recurrió además al incesto, al adulterio, al abuso de poder, al asesinato de maridos
de mujeres que pretendía como en el caso del general Urías y su esposa Betsabé,
la que por su aberrante actuación fue premiada con ser la madre del más
inteligente y sabio de los hombres, Salomón. Zeus, el dios principal del
Olimpo, raptó a Ganímedes a través del águila que le servía para cumplir
ciertas funciones indelicadas, supuestamente para hacerlo su escanciador
personal. El raptado estaba considerado en el momento como el hombre más lindo
del planeta. Los demás dioses y diosas debieron contentarse con ver a Ganímedes
desde lejos y ellos ser servidos por el decrépito Líber, del que nadie se
acordaba ya cuándo había asumido esas funciones.
Con semejante antecedente las locas del mundo antiguo arreciaron en su
lucha por imperar en los pueblos, y muchos lo consiguieron. Los emperadores
romanos no pudieron ocultar sus mariconas veleidades. Inclusive en otros
pueblos lejanos, como los chinos, los japoneses, los griegos –pioneros del
homosexualismo y el lesbianismo– los sajones, los normandos, los vikingos y,
para no alargarnos, hasta en el Nuevo Mundo llamado posteriormente América, en
donde los emperadores aztecas, incas, muiscas, chibchas, etc., no veían ninguna
limitación ni motivo de pena o arrepentimiento la practica de estas
aberraciones. Son tan viejas, que la
Biblia y códices de edades remotas, los condenan no por
religiosidad sino por higiene.
Teniendo en cuenta entonces que la gente común, todo el tiempo en todos
los tiempos, imita lo que suelen hacer sus gobernantes, los historiadores nos
quedaron debiendo las crónicas sobre las horas de descanso, con victoria o con
derrota, de los soldados rasos, pese a que muchos de ellos cargaban con sus
mujeres propias o esclavas y de las que se apoderaban en los pueblos que caían
bajo su peso. Las noches en los campamentos debieron distinguirse no sólo por
el mal olor de los cuerpos de gentes que –exceptuando los indígenas
precolombinos– aborrecían el agua, para convertirse en letrinas rebosantes y
destapadas.
Parece entonces, parodiando a un oscuro presidente, que ser marica o
lesbiana “es un honor que cuesta”. No puede haber sorpresas en esto. En nuestro
país, los sectores en conflicto, los que destruyen la patria a punta de bala,
por ejemplo, les dan a los maricas un tratamiento reverencial. Ellos son los
médicos preferidos, los encargados de aplicar las vacunas extorsivas, de
recaudar los “aportes voluntarios” de los ganaderos, comerciantes, funcionarios
“peculadores”, etc. Y cuando se requieren los servicios religiosos, no faltan
curitas entusiasmados ni pastores condescendientes que van a donde sea para
cumplir sus funciones. Tampoco faltan periodistas que añoran, al igual que una
legendaria vedet de la televisión, ciertas partes anatómicas de los capos y se
enfurecen cuando alguien no les da el tratamiento de “doctor” o los acusan por
sus actuaciones delictivas.
En estos tiempos modernos, sin embargo, ¿qué incita a la juventud para
que abandone el camino normal y se interne por los vericuetos de la mariquería
y la arepa? La primera incitación, sin duda, es la televisión, en donde en aras
de la libertad de expresión, los maricas y las lesbianas sentaron sus reales.
¿O será algo más viejo: las tiras cómicas? Veamos:
Entre risa y risa, de carcajada en carcajada, los programas de humor en
televisión nos están diciendo que ser marica o lesbiana es algo normal. Si
usted ve humor antioqueño, son maricas los mejores. Si ve humor de la
altiplanicie bogotana, el mariquerío es tremendo y los sábados los días
predilectos. Si ve humor costeño, los mejores humoristas hasta nos enseñan de
qué manera hay que actuar para acentuar la condición de manito partida. El
humor que vemos en los programas televisivos de México, Chile, Perú, Venezuela,
nos previenen que el asunto no es privilegio de los colombianos y que todo indica
que vamos hacia un mundo en donde la mierda extraída en jornadas de sexo equivocado
habrá de ahogarnos en pocos siglos venideros, porque nos acercamos
peligrosamente a que, si no se es marica o lesbiana, no se es ser humano
“normal”.
Los primeros homosexuales que conocimos, en la ya lejana niñez, fueron
hombres aparentemente normales, que departían con el resto de la sociedad sin
aspavientos de ninguna clase. Fue en la juventud y en esos momentos de
compartir información y experiencias, cuando nos enteramos de que existían
hombres aparentemente normales pero que en la intimidad de sus alcobas trocaban
su condición. Un loriquero de apellido Yánez, que vimos con vestimenta de seda
y caminado ondulante y con mejor desplazamiento que el de una fémina, adornado de
prendas de oro en el cuello, las muñecas y los dedos, produjo en nosotros dos
reacciones. La primera, alejarnos de quien se rumoraba siquiera que tenía
aficiones torcidas y de los que, sin hacerlo, se negaban a la coyunda con una
buena burra. La segunda, mirar con malos ojos a todo el que cargaba gruesas
cadenas de oro en el cuello y excesiva cantidad de anillos de oro en los dedos.
Ya en los tiempos en que penetrábamos con firmeza al campo de la vejez, vimos
otros Yánez con nalguitas paradas,
pantalones cortos de los que las mujeres llaman cacheteros porque dejan la
mitad de la nalga a la vista y las orejas perforadas para cargar gruesos aretes
de oro, pero el tiempo y la “moda” no nos permiten odiar a nadie por esos
atuendos, y más bien nos obligan a preguntarnos al mismo tiempo que el cínico
del parque Santander: ¿De qué nos estaremos perdiendo?
La otra posibilidad es la influencia de las tiras cómicas, el noventa y
nueve por ciento de ellas de origen norteamericano, en las que los héroes son,
sin discusiones ni aspavientos, verdaderos homosexuales y lesbianas. Recordemos
primero que son famosas las historias, especialmente en los puertos marítimos y
fluviales del Continente, de los afanes de los turistas gringos por conseguir
homosexuales en los que desfogar sus necesidades viriles en el breve tiempo que
los barcos se encuentran atracados. Y pagan en oro verde, como se califica a
los dólares, muy generosamente si se les proporciona un niño o un joven. Cuando Coveñas era Coveñas, los propietarios
de los prostíbulos se mantenían al tanto de la llegada de los buques petroleros
para acopiar un buen número de jóvenes maricas para atender adecuadamente la
demanda de los gringos cacorros y pedófilos. “Fóqui fóqui, boy” era la frase
que se apoderaba de Coveñas. Hoy Coveñas ya no es el puerto petrolero y de
embarque de ganado de más de medio siglo atrás y Tolú jamás pudo alcanzar
importancia como puerto marítimo. Pero los gringos, cuando no pueden
desembarcar en Tolú, obtienen no sólo un buen puñado de jovencitas que por los
dólares se exponen a contaminarse de sida, sino un buen contingente de
muchachos cuyas edades oscilan entre los doce y los dieciocho años, reclutados
en las ciudades y poblaciones cercanas, convencidos que “darlo a un extranjero”
no trasciende ni los menoscaba como hombres, que son conducidos a los barcos
para dos o tres días de sexo con los delegados del imperio. Son los imperios,
los de ahora y los que fenecieron, en donde la corrupción sexual campea y desde
donde se irradia hacia los pueblos sojuzgados.
Aprendimos a leer en las tiras cómicas del diario El Tiempo, molestando
a los amigos y a los viejos que sabían leer. Con una mente fotográfica que
desgraciadamente desapareció con el correr de los años, preguntábamos que decía
un conjunto de letras y la respuesta la guardábamos celosamente. Donde quiera
la viéramos, sabíamos qué decía. Pagamos un precio muy caro el establecer que,
si bien leíamos un periódico, no teníamos la menor idea del nombre de las
letras. Y doña Rita se desquitó con saña al preguntarnos el nombre de las
letras y enviarnos a la puerta de la calle arrodillados y expuestos a la mirada
de los que pasaban, cuando no dábamos respuesta alguna. Todas las mañanas y
todas las tardes, durante un año lectivo, fuimos el florero que adornaba la
entrada de la escuela.
El deseo de aprender a leer fue activado por las tiras cómicas y de
ellas recordamos las del Doctor Merengue, un viejo engreído, petulante,
fantoche que, con un elegante vestido blanco y una mano en el bolsillo del
pantalón, se paseaba por las calles mirando los defectos de los demás para
criticarlos a través de su otro yo, pero que jamás se refirió a su estado
civil. Creemos que aún debe andar por allí eternamente soltero. Y la sabiduría
popular afirma que “hombre soltero y maduro es marica seguro”. Ni qué decir de
Supermán, que con su cuento de que es hombre de hierro no puede hacer el amor
con Luisa Lane, ante el temor de despedazarle la vagina, pero mantiene
estrechas y extrañas relaciones con Luis Olsen, el joven periodista del diario
El Planeta. ¿Acaso Olsen tendrá de acero
cierta parte de su anatomía? ¡Vaya usted a saberlo!
Tal vez pocos recuerdan a Juan Toro y su combo, en donde el mejor
peleador es un enteco cuya afición es jugar el yoyo, que paradójicamente, le
sirve de arma ante los antisociales. Todas sus actitudes, y siempre se ha dicho
que el hombre que juega mucho yoyo termina de mano partida y puesta en el envés
sobre la cintura, son las de marica y mantiene una adoración sin límites por
Juan Toro, un musculoso de suéter de rayas. Ninguno de los miembros del clan, y
si mal no recordamos son cinco, tiene mujer.
El Zorro es el paradigma, insignia y señal del homosexualismo. Don
Diego no quiere nada con mujeres, pero en estos tiempos Antonio Banderas, en
una película, lo deja casado y con un hijo. ¿Y el mayordomo mudo que lo viste y
lo desviste, qué lo hicieron?
Hablando de mayordomos, Ricardo Tapias, el multimillonario al que el
roce con las mujeres le produce urticaria, convive con el suyo y no se sabe
quién se la hace a quién ni si el jovencito Robin les sirve a ambos. De todas
maneras, en lo de la pedofilia, Batman no hace más que ratificar las apetencias
de sus paisanos yanquis de Metrópolis.
Otro héroe gringo es El Llanero Solitario. Es por la falta de mujer que
le dicen solitario, porque él pasa sus noches muy tranquilas bajo las estrellas
junto a su fiel indio Toro. Desgraciadamente ni Pinto ni Plata pueden contar
intimidades.
Los Halcones Negros, jamás salieron de los hangares militares, siempre
listos para emprender vuelo a defender la grandeza del imperio norteamericano.
Una docena de ellos pasaban entre las nubes y de mujeres nada.
A Mister X, ¿qué mujer podía besarle su jeta de hierro? ¡Ninguna! Fue
de los primeros cómics gringos en donde los héroes comenzaron a ser
transformados en piezas de hierro. Volvemos a la antigüedad, pero entonces los
“favoritos” se daban sus mañas para quitarles las vestiduras. Pero a Mister X,
de hierro integral, ¿cómo?
Olafo, el amargado, prefiere a Chiripo y procura mantenerse lo más
apartado posible de su mujer. ¿Mientras surcan los mares, qué hacen, si se
tiene en cuenta que Chiripo también es soltero? ¿Será por eso por lo que el
hijo de Olafo prefiere la música?
Muchos son los que aseguran que la sede de los Campeones de la Justicia es a escala el
mayor prostíbulo de maricas y areperas. En los tantos años que tienen de estar
allí reunidos, ninguno de los héroes, Flash, Flecha Veloz, Linterna Verde,
Flecha Verde, Acuamán, etcétera y compañía, ha tenido tiempo para enamorar a la Mujer Maravilla , Por eso en esa
casa jamás se ha escuchado ni se escuchará el llanto o la risa inocente de un
niño. Los héroes duermen con los héroes y las heroínas con las heroínas. ¡Qué
masacote!
En los dibujos animados de hoy, encontramos a un “excelente” promotor
del homosexualismo. Homero Simpson. Usando posturas antanásicas y mokusianas,
se baja el pantalón en cualquier parte y muestra su gordo trasero a los
millones de televidentes del planeta. Tal parece que son muy pocos los que no
conocen el tamaño y hasta el olor de esta parte de la anatomía del señor
Simpson. Y como corolario, en arrebatos de su vida loca, como dice la canción,
le da un beso en la boca al hombre que esté más cercano y luego se mete las
manos entre las piernas y le dice que fue una tentación del momento. ¿Y el
hijo? Para mostrar su pequeño trasero es mucho más animoso que su padre. De
allí el viejo adagio de que hijo de tigre sale pintado o de que lo que se
hereda no se hurta.
¿Usted le conoce novia a un individuo llamado Monk, según los gringos
el mejor investigador de los últimos tiempos? No. Este sujeto sufre de tantas
fobias que no le alcanza el tiempo para lavarse las manos y taparse la nariz.
Como ciertas partes del cuerpo femenino exudan olores que no son precisamente perfumes,
Monk no tendría valor para acostarse con una dama, porque por la mañana
amanecería lleno de verdugones producidos por la alergia. Piense entonces lo
que quiera, pero por favor, no lo saque del grupo de maricas o gays, o como
quiera llamarlos.
El mayor problema es el de Benitín Riquirriqui y Eneas Florez de Apodaca,
Benitín es eternamente soltero y Eneas tiene su hogar y un hijo, pero prefiere
la compañía de su pequeño amigo. Y cosa curiosa, el hijo de Eneas se parece a
Benitín. ¿Qué pasó allí? Pregúntenselo a la Gata , la mascota de Tobita, que por cierto
desapareció hace muchísimos años.
Flas Gordon no le da ni un beso a Dalia, supuestamente para no
confundir el siglo veinte con el veinticinco ni correr el riesgo de una
explosión cuyos orígenes no le he podido comprender a los científicos. El
Fantasma, si bien se casó con Diana Palmer y tienen hijos, se siente mejor en
la cueva de los pigmeos Bandar con su inseparable y fornido Lotario.
Los personajes de Walt Disney portan el farolito. Mickey no ha dormido
ni retozado la primera vez con Minnie, ni Clarabella con su amor eterno, Donald
prefiere vivir con sus tres traviesos sobrinos antes que caer en las redes de
Daisy. Esto lo aprovecha Rico Mac Pato, que no gastaría ni un centavo por
departir con una dama, para llevarse a su depósito de oro a los tres patitos.
¿Para qué? Bug Bonny, pese a ser su especie excesivamente prolífica, vive
solitario en una cueva y jamás de los jamases ha tenido novia y, por tanto, no
tiene hijos y pare de contar.
Además de Batman y
Robin, pareja que es aliciente para los pedófilos, hay otro que
inexplicablemente tiene a un niño como compañero de aventuras, que es Kalimán.
Se llama Solín. Pero ellos no inventaron el agua tibia. Como señalamos
anteriormente, los grandes guerreros de la historia verdadera preferían de
compañeros, especialmente en las noches para alcanzar mejor reposo, a niños.
Algunos maricas de hoy se apartan de la excepción de la regla y prefieren
sanonofrinas y toludeñas de veinte.
¿Qué hacer ante los
ríos de excrementos que dejan los gays? Taparse la nariz, seguir adelante sin
ponerles atención, equipararse con la moda o condenarlos vanamente como lo hace
la Biblia. Pero
cualquiera sea su actitud, recuerde que los cómics gringos tienen gran parte,
sino toda, la culpa del incremento del homosexualismo, al sugerir que para ser
héroe no se requiere un cónyuge.
¡CORRE,
CHICHO!
Dos veces alcancé a
verlo. La primera, cuando subió por una de las laderas de la loma en una de las
pajas de la hacienda Curramba. La otra y última, cuando abrió la puerta de
golpe que comunicaba con la hacienda de los Lacharme. Chicho Espitaleta no
volvió a llenar la bola de mis ojos cuando me vine de la región porque El
Charro con El Albañil, destacadas figuras de la policía, insistieron en que
debía viajar bien lejos o me llevaban a El Manguito, el fatídico árbol testigo
de lo que entonces ocurría en mi pueblo, pero como siempre, y en ese entonces
era casi un niño y hoy rumio en silencio mis recuerdos, calumniado de loco por
hablar de cosas que nadie sabe, la realidad es la que conviene a los que mandan
en los pueblos. Gamonales, Caciques y doctores se les llama, regados en todos
los partidos políticos y fracciones en que éstos a su vez se dividen y
subdividen.
Hace unos diez años
en que aún movía mi cuerpo con soltura, volví a la hacienda Curramba y no
encontré la loma, porque toda esa tierra es una sola planicie verde en los
inviernos en que crece el pasto y ocre en los veranos en que el sol agosta todo.
Sin miedo, por cuanto los hombres peligrosos de mi niñez habían viajado al otro
lado, me demostré a mí mismo que nada de lo que vi y que también vio el Chicho
en aquella lejana noche del siglo pasado, había sido cierto. No podía haber
ocurrido lo que presentimos, que luego vimos y sentimos en nuestra piel y que
nos hizo correr a lo largo de la inmensa pradera.
La desaparición de
Chicho, y cosa rara, nadie, ni sus padres que sabían que esa noche cazaba
conejos conmigo, me preguntaron por él al día siguiente ni en los dos o tres
meses que viví con el pánico que me hacía temblar de día y de noche a la espera
de que el diablo llegara por mí como una cuota de don Rosendo por haber
recibido del señor de los infiernos una inmensa fortuna; esa desaparición,
repito, no fue comentada en el pueblo. Yo tampoco pregunté y me hice el
indiferente, hasta que por voluntad de los de la policía política, salí una
mañana con un pellón como maleta, cinco pesos reunidos por mis padres entre
amigos cercanos en mis bolsillos, un sombrero jipijapa viejo, el pantalón de
dril color café y una camisa blanca mangas largas que me ponía los domingos
para asistir a misa o a un baile, y dos mudas para trabajar, con el
característico olor a sudor que ya no ofendía las narices de mis amistades.
A nadie le dije
adiós ni a dónde iba. Salí con decisión de no volver a mi pueblo que tanto
quería, pero del que me echaban sin misericordia. En la puerta de la casa que
daba a la calle, me santigüé y no volví a mirar atrás ni una sola vez en los
dos o tres meses en que, rodando de una parte a otra, buscaba trabajo. Pero los
políticos de mi país no quieren que el campo sea trabajado por los campesinos y
en todas partes me daban un chance de máximo una semana, como para que
repusiera las comidas que perdía en mi deambular por valles, por sabanas, por
serranías o en medio de las selvas.
Cuando se normalizó
un poco situación, me sorprendí con la aparición de aparatos de radios en las
fincas a las que llegaba y me informaba de lo que ocurría de un lado a otro del
país y del mundo. El Mocho Diego, el educador de los miserables, me enseñó
tanto, que nada me sorprendía. Mientras otros trabajadores daban vueltas
alrededor del aparato de radio para establecer de dónde, de quién y cómo salían
las palabras y los sonidos musicales, yo buscaba de otra manera la razón. En
una finca de Aranzazu la risa no cabía en mi interior, al observar cómo un tití
repetía lo de mis compañeros de la finca anterior. Y concluí que en verdad no
somos más que una degradación del mono. Que tal vez el mono, del que dicen descendemos
mediante la evolución de las especies, sabe algo más que nosotros, porque
conoció el génesis de la humanidad.
Mientras buscaba
trabajo me trasladaba de un lado a otro de la geografía del país conociendo y
adaptándome a los pareceres de cada hermano. Con escuchar una charla, sabía de
dónde procedía cada uno de los contertulios. Los guapos, valerosos y sinceros
hombres de los llanos orientales, de la marrullería de los paisas pero también
su lado bueno, como el de ser unos trabajadores incansables que se le enfrentan
a todo sin discutir; la picardía de los opitas y su manera alegre de ver el
mundo, de la soterrada vida de los boyacos, la burla de los pastusos que
inventan los chistes y los cuentos para
aparecer como no son, la de mis paisanos del Caribe, en donde los
corronchos y los coralibes compiten en quién habla más alto y cuál más alegre y
así, de aquí para allá, de allá para acullá, jamás encontré indicios de El
Chicho Espitaleta. El mundo se lo había tragado.
Una noche de
viernes, como a las nueve, escuché una noticia de mi pueblo. Lo habían elevado
a provincia independiente y los de la popol, los que no habían muerto de muerte
natural, los habían asesinado y otros gozaban del privilegio de la amistad de
los que fueron sus víctimas. Y decidí volver. Dos meses después, viajando por
atajos para hacer menos largo el camino, llegué a mi casa. Mi vieja había
muerto y mi padre no esperaba otra cosa que ordenar que bajaran el ataúd que
colgaba de la cinta principal del techo. Una serie de niños me miraron con
miedo por cuanto no me habían visto antes. Eran mis sobrinos o los hijos de mis
sobrinos. El pueblo parecía diferente, aun cuando en el fondo sus gentes eran
las mismas.
No hice preguntas,
no respondí las que me hicieron, y dos días más tarde ya estaba en un sitio de
trabajo. Mediante indagaciones discretas, como desprevenidas y sin interés, fui
acopiando datos que me sirvieron para tratar de establecer qué nos había
pasado, a Chicho y a mí, en las tierras de la hacienda Curramba.
En esencia, aquella
noche desaparecieron los conejos. La luna que debía estar redonda y
resplandeciente apareció detrás de densas nubes negras y oscureció la
pradera.
LAS “BOLAS” DE ORO
DE CALDERIN
En
el claroscuro vespertino, esa hora indefinible en la que hay claridad porque el
día no se ha acabado pero las sombras amenazan con rodear la tierra y no es
noche todavía, llega, se para en la puerta de la casa y dice con su voz de
tenor:
—Buenas
noches
—Buenas
noches don Regio, pase adelante y siéntese, responde un viejo que cuenta sus
ochenta y tantos años, sentado en un taburete recostado al horcón esquinero a
la izquierda de la entrada.
El
visitante penetra a la sala, busca con los ojos el objeto por el que va al
lugar y la ve allí, como todos los días, como siempre la ha visto. Las normas
sociales no le permiten acercarse a ella, pero los ojos son los ojos,
indiscretos a más no poder, y además del saludo y la respuesta de bienvenida,
se miran y se envían mensajes que sólo ellos, sin haberlo planificado jamás,
saben qué quieren decirse.
El
hombre se sienta en otro taburete a unos cuatro o cinco pasos de donde está la
mujer, pero enfrente del anciano, padre de la misma.
Regio
Calderín no ha dedicado un segundo en el tiempo para establecer desde cuándo
visita el hogar de la muchacha. Lo ignora por completo. Sólo la gente asegura
que entre él y la muchacha existe una relación amorosa. No es ignorante. Llegó
a estudiar hasta el último año de bachillerato que para la época es más que
egresar de una universidad con un título profesional en el día de hoy, pero las
ocupaciones en la ganadería, en el mantenimiento de las haciendas, unas
heredadas y otras adquiridas con sus propios esfuerzos, su vinculación a la
política y a través de ella de la burocracia, no le han dejado un momento
desocupado como para dedicarlo a trivialidades. El amor, para él, es trivial.
Por ello no ha tenido jamás una mujer en sus brazos. No lo cree necesario,
además de temer las veleidades femeninas, de las cuales sólo escucha las
historias de infidelidades.
Conoció
a María Concepción de la Santísima Trinidad García de Rioja y Barragán en una
mañana en que llegó hasta la lechería de los Giraldo, en la calle del
cementerio como la conocen todos, al frente de la casa de la familia de la
muchacha, para gestionar la venta de leche de sus haciendas. Cierto que los
Giraldo vendían leche pura de vacas contentas y él ignoraba si sus vacas
estaban o no contentas con el tratamiento que le daban los vaqueros,
ordeñadores y demás empleados de sus tierras, pero la publicidad resiste cosas
tales que uno se pregunta cómo la gente se deja embolatar. En realidad, la
leche de vacas contentas no era más que un lema publicitario establecido cuando
Carlos y Gustavo se vinieron, al fin, de los Estados Unidos y llegaron con
nuevos conocimientos de los que carecían los habitantes del lugar y se vendía
más que todas las otras leches, no importaba si las vacas de los Giraldo
producían la cantidad de la demanda diaria o jamás sufrieron de cólicos ni de
dolores de muelas como para estar día a día con la euforia dentro del cuerpo.
Regio Calderín se dio cuenta del asunto y se dijo: Mis vacas producen leche de
muy buena calidad, como las de los Giraldo. ¿Por qué no proponerles mi
producción, si total la gente no se va a dar cuenta? Y así ocurrió.
Claro
está que Regio Calderín y los Giraldo militaban en el mismo grupo del mismo
partido y en el Concejo Municipal ocupaban un escaño al lado del ganadero. Y se
cuajó la cosa.
Al
principio eran miradas de lado a lado de la calle. Dos años después pasó al
saludo de buenos días o de buenas tardes y sin saber cómo, pidió permiso a los
padres para visitarla entre las seis de la tarde y ocho de la noche. Para los
padres el partido era aceptable. Regio Calderín provenía de una familia
acomodada, decente, de buen nombre y antecedentes y él, individualmente, poseía
tanto como lo que heredaría de sus padres cuando murieran. La propuesta fue
acogida con entusiasmo. María de la Concepción de la Santísima Trinidad había
aceptado. Para esos tiempos la novia era un cero a la izquierda, pero con sus
miradas disimuladas, con los mensajes cifrados de los dedos y ademanes fuera de
contexto, obtenían casi siempre lo que querían. Y la mujer, desde Eva en
adelante, siempre ha buscado la comodidad de la riqueza. Que todas no lo logren
no desanima a ninguna. Y María obtuvo sus deseos. Regio Calderín era un plato
apetecido por las muchachas de la alta sociedad, de la media sociedad y de la
ralea, que no perdían la esperanza de pescar un moncholo descuidado.
Esa
noche Regio vio algo que nunca había ocurrido en la zona. La mayoría de sus
vecinos, amigos, copartidarios y militantes que lo escogían al momento de la
votación para la curul en el Concejo, fueron formando una especie de
manifestación. Disimuladamente se apostaron en los alrededores, en completo
silencio. De pronto escuchó el murmullo. Los acordes de un vals sonaron muy
cerca de la puerta y como bailaba con frecuencia en las parrandas amenizadas
por la orquesta Unión, pensó en que alguien cumplía años. La orquesta se plantó
en la puerta y sonaron los acordes de una conocida pieza que se refería al
cumpleaños de una persona. Sapolín, el cantante de la orquesta se refirió al
cumpleaños de Regio y de María de la Concepción de la Santísima Trinidad.
El
anciano voló del puesto de vigía, la novia se puso de pie alarmada y Regio
miraba a todos lados preguntándose qué era lo que pasaba.
Luego
de terminada la pieza musical, los apostados en la calle fueron entrando a
felicitar a la pareja. Llegaban ese día a cincuenta años de relaciones
amorosas. Todo un récord en la historia universal.
El
borrachito del pueblo, el que discurseaba en todo bautismo, primera comunión,
matrimonio o exequias, se colocó en medio de la puerta y moviendo la cabeza de
un lado a otro, como para que no se le acumulara el licor en una sola parte,
alzó una copa soberanamente llena y dijo solemnemente:
Los
habitantes de este pueblo…nos sentimos orgullosos…de tener en nuestro seno…un
hombre como Regio y una mujer como Mayito… que han sido capaces de organizarse
y mantener un idilio por medio siglo… Si bien no se han casado, es como si lo
estuvieran. Por eso invito a brindar por ellos. Regio, amigo mío, muchas
felicidades en tus “bolas” de oro.
COSTUMBRES EN
CUADROS
El
anciano, sentado a un lado de la puerta de entrada de la humilde vivienda en
que habitaba, miró hacia la cercana plaza en donde los tres camiones militares
habían detenido la marcha levantando una polvareda que obligaba a todos a
taparse la nariz, cerrar los ojos y a no respirar por unos cinco minutos,
mientras la situación creada desaparecía y retornaba la normalidad.
El
anciano rememoró una lejana tarde en que, en un acto similar, y mientras
mataban el tiempo en un corro de jovencitos, fue uno de los que acogió
la comisión militar. Los tiempos en que los jóvenes huían al monte para evitar
ser enrolados, habían pasado. En aquel momento, recordó ahora, se dijo para sí
primero y para sus compañeros de vagancia después, que si se quedaban en el
pueblo morirían de tedio. Si se iban para la ciudad, allá morirían de tedio y
de hambre, porque nadie les daría trabajo por carecer de la libreta militar. Ni
en el campo ni en la ciudad podrían trabajar, y si de algo había que morirse,
era mejor con la libreta entre las manos. Y sin que nadie se lo pidiera y antes
de la ceremonia, ya había sido inscrito como “voluntario” para ingresar al
ejército. Los hijos de los cuatro o
cinco ricos del pequeño poblado, no aparecían en esos momentos, porque sus
padres los enviaban a un puerto de mar cerca de allí para que ingresaran a la
fuerza naval o a la capital del país para inscribirlos en la fuerza área. Ahora venía a dilucidar el porqué. Los únicos
pendejos que se inscribían en el ejército eran los hijos del pueblo, los
plebeyos, como los calificaba el maestro de la escuela o los pendejos como los
llamaba el viejo Arturo. Es que son los soldados de infantería los que ensucian
el uniforme. Los marinos visten de blanco, son blancos y permanecen en blanco
durante la vida militar. Y los otros, con qué diablos se van a ensuciar si
andan por las nubes y su heroísmo es lanzar bombas a tutiplén no importa sobre
quién caigan. Mientras esto pensaba, su mujer llego al lado y le indagó sobre
qué veía con tanto interés.
—Debe
ser una bella mujer que está allá en la esquina de la plaza. Señalando con el
índice, le preguntó a su vez: ¿La ves?
La
mujer guardó silencio, unos instantes, y luego dijo: ¿Cuándo llegaron los del
ejército que yo no los escuché?
—Esos
hijos de puta acaban de llegar con su circo. Hay pocos payasos y apenas dos enanos.
Los demás son tigres, leones y serpientes.
—Es
inconcebible, Manuel, que aún odies a los militares. Ellos no te han hecho
nada.
—Mariela…Mariela…yo
no odio a nadie. Si en mi mente cupiera el odio, el compae Teodoro estaría hace
doce años, cuatro meses, dieciséis días y nueve horas enterrado.
—Esa
es una de las razones que me señalan que tú estás loco o te estás volviendo.
Sabes muy bien que entre Teodoro y yo no pasó nada de lo que piensas. Solamente
que me ayudaba a quitarme las hormigas candelilla que se me habían metido por
todas partes.
—Y
te buscó bien, porque al revisarte no encontré ninguna.
—Por
eso lo odias. Porque tú odias todo lo que no comprendes.
—Tienes
razón. Ruego todos los días que el General que manda al ejército de este país,
se ponga frente a mí, para darle un amoroso abrazo de agradecimiento porque se
llevó uno a uno mis tres hijos, mis cuatro nietos y a dos de mis hermanos, y me
los devolvió, en cajas de tablas viejas y sucias, pero tuvo la delicadeza de
mandarlos para que los enterráramos acá, pero sin dejarnos verlos. Yo no sé si
eran los míos, pero como dijo la vieja loca que le entregó a los hijos al
General Bolívar: Por la patria ¿Por qué tengo que odiar al General y al
ejército? Ellos no me han hecho nada.
—Es
que tú eres hombre de poca instrucción, no fuiste el tiempo suficiente al
colegio y por ello no comprendes las cosas.
—Tienes
toda la razón. Lo único que en mi vida no he logrado entender lo suficiente, es
la razón para que la encopetada hija de don Elpidio Contreras, o seas tú,
Mariela, te hubieras enamorado de mí y, lo peor, te casaras con un pobre diablo
que no era, no fue ni será más que un jornalero. Tal vez tu instrucción sí te
dio comprensión para justificar la muerte de tus hijos y nietos. Yo no he
podido asimilar eso y por ello no le perdonaré jamás al gobierno, su necedad de
mantener la lucha armada.
—Aquí
no hay ninguna lucha armada. Vivimos en paz, Manuel ¿Por qué no te acomodas
como los demás? Además, nunca has podido explicarme por qué odias a los
militares.
—Yo
también me lo pregunto. Busco la manera de equipararme contigo y con tus ideas,
tus pensamientos, tus costumbres y tu forma de ver la vida. A mí también me
engatusaron con su desfile militar, con la banda de guerra, con vivas a la
nacionalidad, con el mote, sin haber peleado aún, de que era “un héroe de la
patria”. Pero fui y regresé con las manos ensangrentadas después de matar
ciegamente para obedecer a los oficiales que mandaban la tropa. Allí, en las
filas, Mariela, la instrucción que recibiste en el colegio tienes que metértela
por el culo, porque solamente la orden del oficial es la que vale. Si te ponen
delante a tu madre, mátala, porque de lo contrario se considera una rebelión,
si acaso no te acusan de ser infiltrada de la guerrilla. Y, sin embargo, en las
tinieblas de la noche y de la selva, muchas veces vi a “mi” Capitán en diálogo
cordial, franco, amistoso, con el jefe de la guerrilla, que si ellos hubieran
querido nos habrían matado a todos, dormidos del cansancio. Desde entonces,
Mariela, entendí que no éramos más que fichas de dominó en un juego mortal del
que pocos en el país tienen conocimiento. Esos guerrilleros, los “soldados de
la patria” y los reservistas de todas las fuerzas que se especializaron en
matar y formaron una fuerza aparte al servicio de los poderosos de cada pueblo,
se tienen más confianza que la que existe entre tú y yo, que llevamos cuarenta
años de casados. Eso, tal vez, Mariela, es el motivo de mi odio no sólo para
los militares, sino para los guerrilleros y los asesinos agrupados, que a la
larga no son más que una sola cosa.
El
retumbar de los redoblantes y tambores, el sonido acompasado de las cornetas, y
el adorno de los otros instrumentos, llena al poblado de una música marcial que
viene cada cierto tiempo a interrumpir el canto de los pájaros.
II
Dos
eran solamente los nativos y residentes en el poblado de los que se podía decir
acumulaban dinero suficiente, no solo en tierras y ganados, sino en depósitos
bancarios. Tanta era la riqueza de cada uno, que frecuentemente llegaban de la
ciudad diez, quince o veinte vehículos repletos de amigos políticos, que se
pasaban dos o tres días en farra. Sobre el monto de los gastos, la esposa de
uno de ellos expresaba orgullosa: “Es como arrancarle un pelo al gato. Porque
mi esposo tiene suficientes riquezas para darse el lujo de complacer a los
senadores, a los representantes, a los diputados y a los concejales”. En la
intimidad que brindan las paredes de una casa, la realidad era otra. Tanto el
viejo como su mujer despotricaban de los políticos, a los que calificaban de
goleros, un ave carroñera muy parecida al buitre y con la misma función:
devorar los cuerpos muertos. Solo que los políticos comían carnes de muertos y
de vivos, con tal de permanecer en las corporaciones.
Los
concejales carecían de toda aceptación en la pareja, no obstante que les
brindaban dinero y los votos cautivos de sus empleados para elegirlos. Su
procedencia no encajaba en el cuadro mental de lo que, para ellos, la pareja de
esposos era “noble y digno” de elegirse. “Un mal necesario”, respondía el viejo
al momento de separar las cantidades de billetes destinados para la campaña
electoral y para la consabida compra de votos el día de las elecciones.
Don
Horacio, un periodista político, preparaba quinientos pasteles de carne,
quinientos de cerdo y quinientos de pollo, para atender a “las huestes
fervorosas del partido”. Incluso, los de otros partidos, se acercaban ante la
convicción de que el día de elecciones La Morrocoya, como llamaban al
periodista, no miraría a los adversarios, sino que aspiraba que se “voltearan”
para apoderarse de su voto y los de la familia del “cambiado”. Cambiarse por
hambre, vender el voto por hambre, no espantaba a nadie. La vieja María de los
Ángeles, en su juventud, y dicen los que la conocieron que fue toda una reina
de belleza, se olvidó de estas cosas y al ver que venía un copartidario le
gritó desde la distancia:
Benjamín,
el jefe del partido, dijo que los oponentes son unos criminales y que hay que
combatirlos. Sólo que María de los Ángeles ignoraba que, en la noche anterior,
Benjamín se había cambiado para poder ejercer el cargo de Inspector de Policía.
María de los Ángeles no se recuperó jamás de la bastonera de los policías, de
la sablera de los oficiales ni de los vejámenes de todos los que representaban
a la “autoridad legítimamente constituida” y a pesar de vivir cuarenta o
cincuenta años más, debió acostumbrarse a los sedantes y la familia a
soportarle sus desquiciamientos, especialmente por cambiar de santo cada semana,
y el último, José Gregorio Hernández, apenas le hizo el milagro de llevársela
para el otro mundo.
III
El
viejo no sabía si reír o llorar, cuando los recuerdos se acumulaban en su mente
y luchaban por salir a un mismo tiempo, porque para él, y solamente para él,
como lo comprobó en numerosas e incontables ocasiones, tenían algún valor. Para
los demás, incluyendo a su mujer y a sus hijos y nietos, sus evocaciones eran
“chocheras” de la ancianidad. Por ejemplo: no le decían viejo, como a él le
gustaba que lo llamaran y porque era la verdad, sino que fueron pasando a
vocablos que de pronto alguno se encontraba, mientras jugaba con el
diccionario. Cucho, de la tercera edad, adulto mayor, vejestorio, y muchos
otros que se le olvidaron ya. Recordaba, ahora que lo llevaban sus nietos a
estar de pie en una larga fila que duraba dos o tres días, para recibir un
cheque de “familias en acción”, de “desplazado”, de “adulto mayor”, de “víctima
de la última inundación” siendo que su pueblo quedaba a más de seiscientos
metros de altura en relación con el nivel del mar; lo de desplazado lo
sorprendió, porque si era cierto que nació en Macayepo, jamás vivió en ese
poblado, pero sus nietos afirmaban campantemente ante las autoridades que era
una víctima de la violencia guerrillera. La violencia oficial era razonable,
porque las fuerzas del orden debían tener mano fuerte para castigar a los
insolentes. La violencia de los paramilitares también era justificable, porque
se trataba de una organización que los pobres terratenientes, ganaderos,
narcotraficantes y otros grupos armados, se habían visto obligados a crear para
defender sus intereses ante el olvido del gobierno.
Pero
todos esos auxilios los recibían sus nietos, que se jalaban unas borracheras
todos los viernes, sábados y domingos y no trabajaban. “Papá gobierno está
feliz con esta situación, y ¿por qué nosotros no vamos a contribuir con nuestro
esfuerzo?” Señalaban cínicamente y si
sabían que, en la calle por la que transitaban, buscaban trabajadores, se
metían por callejones hacia calles seguras.
Pero
esto no es nuevo, se dice mentalmente. En la época del teniente general, jefe
supremo de las fuerzas armadas y presidente, la hija creó un organismo llamado
Sendas, que repartía entre los pobres, cosas inservibles porque las buenas se
quedaban los ricos de cada pueblo con ellas.
Y los gringos vinieron con un tal Care, repartían harina con gorgojo y
otras cosas pueriles, pero la carne, el cerdo, el pollo, el atún y otras carnes
que venían enlatadas, solamente las conocían en las mesas de los ricos. En el
pueblo, en una ocasión, cosas de muchacho, se introdujo silenciosamente, a la
hora del almuerzo, en la casa de uno de los ricos y casi lo echan a patadas
cuando preguntó por qué a su familia no le daban de esas carnes que regalaban
los de Care.
IV
La
llovizna de la madrugada al terminar el mes de junio y después del veranillo de
San Juan, limó el rigor a la temperatura que durante el verano los había
golpeado duramente a todos. El sol canicular no se presentó en las primeras
horas de la mañana y una especie de frío los dejó a casi todos cobijados en sus
camas. A él, no obstante, acostumbrado desde niño a levantarse a las cuatro de
la madrugada, el cuerpo no le permitía diferenciar el calor del frío. Todo era
igual. Si bien los dos hijos que le quedaban y varios de los nietos lo animaban
a quedarse en la cama para aprovechar la frescura mañanera, en días como el de
hoy, algo automático, como un gato hidráulico, levantaba su cuerpo como a carro
varado y lo arrojaba del aposento. Ni siquiera la mujer, en los gratos momentos
de años que ya se le perdían en la memoria, logró sujetarlo a la cama después
del encuentro sexual que ellos calificaban como “el polvo de la madrugada” o
“el mochito mañanero”. Saltaba, se bañaba para quitarse el sudor que le
arropaba el cuerpo, calzaba sus trapos de trabajo y salía para la finquita que
su bisabuelo dejó a su abuelo y éste a su padre. Hasta allí llegó la herencia,
porque el presidente de turno, que ordenaba la muerte de cualquiera pero que lo
hicieran delante de él para gozar del dolor de la víctima pasó un mediodía en
un avión y desde allá arriba le gustó la parcela y ordenó que se la
consiguieran. Cinco días más tarde pasaron unos uniformados con un brazalete
que según le informaron era la sigla de un ejército que se llamaba a sí mismo
fuerzas armadas revolucionarias. A los dos meses, cuando los tales guerrilleros
le quitaron al pueblo unos diez muchachos reclutados con sueldos que duplicaban
lo que ganaban en un mes común y corriente, amenazándolos de muerte, dándole
muerte a los que se atrevieron a protestar o quién sabe qué otras cosas, se
presentaron otros uniformados, más asesinos que los primeros si se tiene en
cuenta que el saludo fue reunir a todos los habitantes en la plaza del pueblo,
elegir a veinte y matarlos a garrotazos como ejemplo de lo que esperaba a
quienes se negaran a colaborarles. Ante las protestas de los “defensores de los
derechos humanos”, vino finalmente la gloriosa fuerza armada oficial. El trío
se trenzaba a tiros teniendo al pueblo y a los del pueblo como escudos. Lo cierto
fue que de los “encuentros” de los héroes defensores de los ciudadanos, los
defensores de los derechos de los ricos y de los liberadores que garantizaban
la vida, honra y bienes de los ciudadanos, los únicos muertos resultaron ser
los del pueblo, disminuyendo en alto grado el número de pobladores, mientras
que los paladines de la justicia se fueron como vinieron, ilesos, con los
uniformes tersos.
Pero
estas cosas no podían decirse. ¿A quién denunciar, ante quién denunciar? Su
bien cuidada parcela se había convertido en una pequeña selva, descuidada,
olvidada por el caprichoso presidente que parecía enfermo de algo que lo
obligaba a comer tierra.
- ¡Compadre!
Hagamos un rastreo en el monte a ver qué cazamos para el almuerzo.
—Usted
sí que es optimista, compadre. En esos montes arrasados, resecos, no viven ni
las culebras. Estas tierras quedaron listas, pero para el cultivo de la coca,
porque la marihuana la trasplantaron los gringos a sus propias tierras y así
mantenerla a la mano cuando la necesitan, que es todo el día de todos los días.
¡Compadre…!
Usted siempre buscándoles garrapatas a los perros. El que busca encuentra y si
no lo hacemos, ¿qué vamos a comer?
—Yuca
sola, si es que acaso a un gringo no se le da por asegurar que, en sus estudios
científicos, encontró que la yuca es mejor que un encurtido de mariguana y coca
con ron ñeque y saliva de perico, porque los loros y los guacamayos también se
acabaron. De allí en adelante, mis nietos comerán mierda si es que el hambre
produce cagalera.
FIN
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